Hace un par de días terminé de leer La emancipación de la mujer y la lucha africana por la libertad, de Thomas Sankara [1], y reflexioné sobre el discurso que dio el 8 de marzo de 1987 en Uagadugú. Me impactó profundamente la humildad con la que comenzó su intervención, reconociendo lo poco habitual, e incluso incómodo, que resulta que un hombre se dirija a tantas mujeres a la vez para hablar sobre las batallas que deben librar. Esa timidez sincera al observar a la multitud no era debilidad, sino la manifestación de una honestidad política deslumbrante: Sankara sabía que la emancipación no podía ser un regalo paternalista dictado por los hombres, sino la toma de conciencia activa de un sujeto colectivo que históricamente había sido relegado a la oscuridad.
La revolución también empieza en casa
Al adentrarme en sus palabras, comprendí que la vigencia del pensamiento de Sankara —si se le puede llamar así a esto— radica en haber conectado la gran política internacional con la intimidad del hogar y las interacciones cotidianas [2]. Sankara denunció que las mujeres sufrían una opresión de triple dimensión —el imperialismo, el atraso socioeconómico y el patriarcado doméstico— que las convertía en figuras «sin rostro y sin voz», sometidas a una extenuante doble jornada laboral en el campo y en la casa. Pero su crítica más incisiva no fue solo hacia el sistema neocolonial, sino también hacia sus propios compañeros militantes [3]. Reveló con crudeza la incoherencia de aquellos hombres que en las asambleas hablaban apasionadamente de liberación nacional, pero al cruzar la puerta de sus casas se comportaban como tiranos domésticos, exigiendo servidumbre y sumisión a sus compañeras. Sankara dejó una premisa imborrable: no existe una verdadera revolución social sin la liberación de la mujer, y ningún hombre puede proclamarse libre si mantiene en cautiverio la mente y el cuerpo de la persona con la que comparte la vida [4].
El viejo lema y su trampa
Esta reflexión conduce de manera inevitable a cuestionar los cimientos del lema republicano tradicional: «Libertad, Igualdad y Fraternidad». Promulgado al calor de la Revolución Francesa como estandarte de la modernidad, este tríptico escondía una trampa conceptual en su propia raíz. El vocablo fraternidad, derivado del latín frater (hermano), terminó formando parte de un lenguaje político construido alrededor de los varones [5]. La Ilustración proclamó la libertad y la igualdad en nombre de «el hombre», dejando intacta una concepción de la sociedad en la que la política y la razón pertenecían al espacio masculino, mientras el cuidado, el silencio y la obediencia quedaban recluidos en el espacio privado como tareas atribuidas a las mujeres. La fraternidad funcionó así como una alianza entre hombres que atenuaba las tensiones de clase entre ellos, sosteniéndose sobre la explotación del trabajo no remunerado y la subordinación invisible de las mujeres [6].
Más sororidad que fraternidad
Por eso sostengo que en la nueva revolución que estamos transitando debe haber más sororidad que fraternidad. La sororidad —proveniente del latín soror, hermana [7]— no es simplemente un cambio de palabras ni un sustituto biológico; es una categoría ética, política y afectiva que subvierte el viejo contrato patriarcal. Cuando trasladamos la base social del pensamiento de Sankara al ámbito de las relaciones interpersonales contemporáneas, la sororidad emerge como una herramienta fundamental para sanar las grietas del tejido social y reconstruir los afectos cotidianos [8]. En nuestras interacciones diarias, el patriarcado nos ha socializado en la lógica de la competencia y el aislamiento. Como ha señalado la antropóloga Marcela Lagarde, la cultura dominante inocula una «enemistad histórica» entre las mujeres, instándolas a competir por la aprobación masculina, la belleza o los recursos afectivos, dividiéndolas para evitar que reconozcan sus sufrimientos comunes [9]. La sororidad destruye esa desconfianza calculada para proponer un pacto de complicidad, alianza y cuidado mutuo, donde la otra persona no se percibe como una amenaza, sino como un espacio de resiliencia y fortalecimiento compartido [10].
La libertad también se practica
Llevar esta visión a la vida diaria nos brinda herramientas concretas para redefinir el marco de la libertad, la igualdad y el apoyo mutuo en las relaciones interpersonales. La libertad deja de ser un derecho posesivo e individualista para transformarse en la renuncia a ejercer control o dominio sobre el cuerpo, la autonomía y las decisiones de otra persona [11]. La igualdad abandona las meras declaraciones jurídicas para encarnarse en una práctica cotidiana de corresponsabilidad real: compartir equitativamente el peso del trabajo de cuidados, escuchar la voz del otro sin jerarquías y desmantelar los privilegios machistas que aún se filtran en la intimidad. Y el apoyo mutuo sustituye la lógica extractiva de los vínculos contemporáneos por una solidaridad activa que acompaña los procesos de emancipación personal [10]. Como nos advierte la teórica bell hooks, esta solidaridad no nace de una victimización pasiva ni de una falsa armonía sin fricciones, sino del compromiso consciente de confrontar el sexismo, el racismo y el clasismo que a menudo atraviesan nuestros propios espacios y afectos [12][4].
Descolonizar los afectos
Asimismo, la evolución de las relaciones humanas desde una perspectiva de sororidad exige incorporar la crítica decolonial formulada desde el Sur Global [13]. La socióloga nigeriana Oyèrónkẹ́ Oyěwùmí nos recuerda que las categorías jerárquicas y rígidas del género burgués occidental fueron impuestas en diversas latitudes mediante el proceso colonial, transformando formas comunitarias precoloniales donde la organización social y las relaciones interpersonales respondían a otras lógicas [6]. Del mismo modo, la activista dominicana Ochy Curiel nos urge a descolonizar el afecto y los cuidados, evidenciando que no podemos hablar de igualdad en los vínculos si la comodidad privada de ciertos sectores descansa sobre la precarización económica de trabajadoras negras, indígenas y campesinas [14]. La sororidad interpersonal debe sostenerse sobre una solidaridad antirracista y comunitaria que desborde los muros de la familia nuclear burguesa y se abra a redes más amplias de resguardo colectivo [15].
Una revolución cotidiana
Aquella inquietud sincera con la que Thomas Sankara comenzó su discurso nos señala la ruta adecuada: la verdadera revolución empieza por un gesto de humildad política que reconoce las opresiones invisibilizadas en el día a día. Transformar el viejo lema en «Libertad, Igualdad y Sororidad» nos ofrece una brújula para refundar tanto la estructura social como la trama de nuestras relaciones interpersonales. No se trata de una utopía lejana, sino de un ejercicio diario en el que la libertad se practica respetando la autonomía del otro, la igualdad se demuestra en la redistribución ética de la vida y el cuidado, y la sororidad se vive como un pacto cotidiano de complicidad, justicia y afecto recíproco.
Referencias
- Sankara, T. (2017). La emancipación de la mujer y la lucha africana por la libertad . Pathfinder Press.
- Curiel, O., & Falconí Trávez, D. (2021). Feminismos decoloniales y transformación social . Icaria Editorial.
- World Outlook. (2021, 24 de octubre). Thomas Sankara: “La libertad debe ser conquistada” (I) .
- Thomas Sankara y la liberación de la mujer: De la teoría a la práctica . (s. f.). Kaos en la Red.
- Nuño Gómez, L. (2017). Libertad, igualdad y fraternidad: Una revisión crítica del falso universalismo de la tríada revolucionaria. Revista General de Derecho Público Comparado , (20), 1–28.
- Oyěwùmí, O. (2017). La invención de las mujeres: Una perspectiva africana sobre los discursos occidentales del género . En la frontera.
- López Andrade, M. G., Cervantes Pacheco, E. I., & Méndez Puga, A. M. (2022). ¡Sororidad! ¿Qué es eso? Milenaria, Ciencia y Arte , (19), 37–39.
- García-Martínez, P. (2023). La sororidad científica: Juntas para conseguir la igualdad. En R. M. Torres Valdés, L. Arce Chaves, Á. Rodríguez Bravo, N. Montoya Vilar, F. A. Monroy García, F. Santillán Campos et al. (Coords.), Resignificación en el ámbito de género: Una apuesta por la información, comunicación y educación responsable (pp. 268–273).
- Lagarde y de los Ríos, M. (1989). Enemistad y sororidad: Hacia una nueva cultura feminista. Memoria, Revista del Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista , (28), 24–46.
- Lagarde y de los Ríos, M. (2012). El feminismo en mi vida: Hitos, claves y utopías . Instituto de las Mujeres del Distrito Federal.
-
Rodríguez-Peñaranda, M. L. (2019).
Fraternidad y luchas feministas contra el acoso
sexual en la Universidad Nacional de Colombia.
Nómadas,
(51), 49–65.
https://doi.org/10.30578/nomadas.n51a3 - hooks, b. (1986). Sisterhood: Political solidarity between women. Feminist Review , (23), 125–138.
- Curiel, O. (2009). Descolonizando el feminismo: Una perspectiva desde América Latina y el Caribe [Ponencia]. Primer Coloquio Latinoamericano sobre Praxis y Pensamiento Feminista, Buenos Aires, Argentina.
- Feminismo decolonial y antirracista . (s. f.). Agencia Prensa Rural.
- Curiel, O., & Falconí Trávez, D. (2021). Feminismos decoloniales y transformación social . Icaria Editorial.
Cuadernos de la Comuna.